El tiempo. Los parques naturales que tienen más de 8.000 hectáreas de coca. Son 16 en total.

01.10.18 9

Sierra de la Macarena, Paramillo y Nukak son las áreas protegidas más críticas

El 5 por ciento de los cultivos de hoja de coca están dentro de los Parques Nacionales Naturales, y otro 27 por ciento se localiza a menos de 20 kilómetros de estos. En el último informe que entregó el Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos de la ONU, una víctima pasó desapercibida en medio de los muchos datos que se arrojaron: el bosque.  En un país donde la mitad del territorio está cubierta por árboles en pie –lo que contribuye a que Colombia sea la nación más biodiversa del mundo por kilómetro cuadrado–, en el 2017 el 34 % de los cultivos de coca (de 177.000 hectáreas que se registraron) fueron plantados en áreas que en el 2014 solían ser bosques.

Según este informe, el 5 % de los cultivos de hoja de coca están dentro de los Parques Nacionales Naturales (PNN), y otro 27 % se localiza a menos de 20 kilómetros de estos. En total, según averiguó EL TIEMPO, 16 (de los 59 PNN del país) tienen coca en su interior, y la Serranía de La Macarena, Paramillo y Nukak son los más críticos.  El panorama es preocupante si se cruzan los datos. En los parques naturales no solo se hallaron 8.301 hectáreas de coca (un 4 % más que en 2016, cuando la cifra era de 7.995 hectáreas), sino que allí también se concentra el 5 % de la deforestación nacional. De las 220.000 hectáreas de bosque natural arrasadas el año pasado, 12.417 se perdieron en, precisamente, Sierra de La Macarena, Tinigua, Paramillo, cordillera de los Picachos, La Paya y Nukak. En ese orden. La coca, como bien lo explica Leonardo Correa, coordinador del SIMCI, no es el único problema. La praderización, la infraestructura de transporte, la extracción ilícita de madera y minerales, la ganadería extensiva y los desafíos del proceso de paz hacen parte de las amenazas.

“Si concentramos la discusión exclusivamente en la coca, estamos desviando la atención del problema más grande, y es que se está perdiendo la conectividad entre los Andes y la Amazonia. La coca es uno de los problemas, pero no el único. Se necesita diseñar proyectos de conservación, los cuales, de por sí, son más difíciles de implementar por la propia condición del parque, donde hay varias restricciones en las actividades que se pueden desarrollar dentro”, afirma Correa. La coca es uno de los problemas, pero no el único. Se necesita diseñar proyectos de conservación, los cuales, de por sí, son más difíciles de implementar por la propia condición del parque.

Y tiene razón. Hace un mes, aproximadamente, en este medio se publicó un estudio que evidencia cómo el mega corredor Picachos-Tinigua-Sierra de La Macarena-Chiribiquete, cuatro parques nacionales naturales que permiten un flujo e intercambio genético que conecta los Andes con la inmensa Amazonia, se está perdiendo, y lo hace rápidamente, sobre todo después de la salida de las Farc de ciertas zonas estratégicas.  Uno de los resultados más significativos, advierte la investigación, es que están quedando pocas regiones del país que dan paso a la creación de nueva biodiversidad. Según Correa, que lleva más de 10 años haciendo estos estudios y cruzando datos, el caso de la Sierra de La Macarena es muy particular dado que “se mantiene una fuerte tendencia al incremento, además de un alto nivel de intervención por ganadería, un problema que está quedando tras bambalinas”. Por esa razón, Naciones Unidas le recomendó al Gobierno no solo retomar la discusión sobre conservación y desarrollo dentro de los parques naturales, sino también en sus zonas de amortiguación.

De acuerdo con Jazmín González, jefa de Gestión del Riesgo en Parques Nacionales, lo que está pasando dentro de estas áreas protegidas es que “los cultivos de coca cada vez se corren más hacia el corazón del parque, mientras que los que estaban en los límites, luego de sacarles unas 3 o 4 cosechas, se abandonan y se usan para pastizales y ganadería, aumentando la deforestación en otras áreas”.  Para el caso de los parques La Macarena, Tinigua y Picachos, particularmente, González calcula que hay unas 20.000 cabezas de ganado y solo 40 funcionarios de PNN monitoreando más de un millón de hectáreas.  Los parques, sin embargo, no fueron las únicas víctimas; resguardos indígenas y consejos de comunidades afro no se quedaron atrás.  El documento de la ONU señala que la coca sigue siendo una gran amenaza para la diversidad biológica y cultural de Colombia, pues el 10 % está en resguardos indígenas (17.909 hectáreas) y 16 % en tierras de las comunidades negras (26.702 hectáreas).

La política de fumigación de cultivos ilícitos, sin tener en cuenta la realidad rural nacional, es un fracaso. No solo no funciona, sino que también pone a tambalear el futuro del turismo de naturaleza en un país que empieza a redescubrirse. Así lo advierten expertos.  “Ya hemos demostrado el efecto globo de la aspersión aérea con glifosato, es decir, que la fumigación genera una reducción de los cultivos en las zonas fumigadas, pero luego se desplazan generando nueva deforestación en otras zonas. Esta es una política que resulta ser homogénea, simple, en un contexto heterogéneo, complejo, conflictivo y dinámico en el territorio; lo que genera resultados de corto plazo, pero con altos costos sociales y ambientales”, sentencia Alexander Rincón Ruiz, Ph. D. en Economía Ecológica e investigador en cultivos de uso ilícito y medioambiente. Para el experto, la política de aspersión es “inefectiva”.

La política de fumigación de cultivos ilícitos, sin tener en cuenta la realidad rural nacional, es un fracaso. Lo mismo piensa Jhon Mayer, especialista en innovación social de Conservación Internacional Colombia. Para él, son tres las razones por las cuales Colombia ha llegado a un pico histórico de hectáreas con coca: “Porque hay un mercado internacional de más de 18 millones de personas que genera una demanda insaciable, porque no hay presencia del Estado en la mayoría de las áreas rurales del país y porque no hay oportunidades (lícitas) laborales en esas mismas zonas rurales”. “Después de varios estudios científicos sabemos que la fumigación no solo es inefectiva cumpliendo con sus supuestas metas de reducir la oferta o el precio de la cocaína, sino que genera grandes costos financieros, ecológicos y sociales”.

Mayer considera dos posibles soluciones: la comercialización de productos lícitos a base de hoja de coca y el turismo de naturaleza, especialmente avistamiento de aves y carreras de montaña. “La fumigación es un instrumento de guerra y envía fuertes mensajes a los mercados y turistas internacionales: regresamos al conflicto, nos importa poco el medioambiente y los derechos humanos, y, mejor váyanse a Costa Rica”, remata. “Resucitar la fumigación es regresar al pasado y poner en riesgo los grandes dividendos de la frágil paz”.

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